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Lo que callamos las mamás

Actualizado: 2 oct 2020



Cuando era una niña, no soñaba con ser mamá. Imaginaba mi vida viajando y disfrutándola sin hijxs. Era chistoso, pues la gente se extrañaba de escuchar mi respuesta tan firme de «yo jamás seré madre» y se supone -según los estereotipos del rol de una mujer- que nosotras venimos al mundo a procrear. Ahora de adulta, estoy convencida que ese pensamiento tenía un origen más profundo que solo querer andar de viaje, que también es válido. Crecí escuchando a mujeres de mi entornodecir que es muy sacrificado y cansado ser madre, que lxs hijxs te reclaman por todo, que nunca volvés a dormir igual. ¿Quién en su sano juicio va a querer tener hijxs para pasar sufriendo? pensaba.


Con el paso del tiempo, ese sentimiento fue cambiando y comencé a ver con otros ojos la maternidad. Al final, me convertí en madre de dos niñas, a las que amo profundamente, pero que muchas veces han sido mi principal dolor de cabeza. En esos momentos de histeria familiar, me he escuchado repitiendo las mismas palabras que decía mi madre y otras más que yo le he sumado. Es verdad, los patrones se repiten -como me decía una psicóloga que visité- y aunque una diga «yo nunca seré igual a mi mamá», pues te cuento que si lo serás, con sus diferencias, claro.


Ser mamá es complicado y lo que le escuché decir a la mía y muchas otras mas, no estaba lejos de la realidad. Y sí, cuando somos hijxs nos duele oír esas cosas. Quisiéramos ver a nuestra madre feliz todo el tiempo, amando su maternidad, sin quejas. Es hasta que somos adultas que podemos entender desde dónde venían esas quejas que tantas veces escuchamos.


¿Y cómo no va a ser la maternidad y la crianza difícil, si a la mayoría de las mujeres les toca todo solas? Además de solas, en silencio, porque la sociedad juzga a aquellas que se atreven a expresar su cansancio -que es completamente normal- con expresiones como «para que te metiste a ser madre», «eso lo hubieras pensado antes», «las mamás de ahora se quejan por todo», «no sos capaz de organizar tu vida», «no servís para educar».


¡Mamá! la niña está enferma, la niña no se quiere tomar el medicamento, la niña no tiene leche, la niña no ha querido comer, la niña ha pasado de «malcriada», la niña salió mal en clases. Este es el día a día de una mamá, quién además de trabajar fuera de casa -que hoy en día ya no es una opción- debe de encargarse de la crianza, en la mayoría de los casos.


En mi rol de mamá, muchas veces tuve ganas de decir ¡estoy harta!, pero callé, por miedo a que me juzgaran como mala madre. También caí en el juego de las comparaciones y me preguntaba ¿por qué mis hijas no se comportan tan bien como las de Carmen?, ¿por qué yo no puedo ser tan organizada como Marta?, ¿por qué no logro ser tan paciente con mis hijas como Luisa? Y así pasaba todo el tiempo, hasta que me di cuenta que las mujeres sufrimos en silencio «caras vemos, realidades no sabemos».


Pareciera muy obvio, pero de verdad que cuesta verlo y aceptarlo. Se requiere de mucha conciencia y seguridad, el reconocer con toda naturalidad que la vida de mamá es una montaña rusa, con carcajadas y dolores de estómago; que casi nunca las expectativas que tenías coinciden con la realidad y que muchas veces dan ganas de salir corriendo.

El día que estuve consciente de que todo eso que sentía y pensaba era normal, pude abrazar mi realidad. Pude poner límites a mi pareja, a mis hijas y a las personas que me rodeaban. La claridad que tuve de mi situación, de lo que yo misma permitía y me permitía, me ayudó a ver con otros ojos mi maternidad y a vivirla tal cual es, sin culpas y sin comparaciones. Hoy ya no tengo miedo de expresar mi cansancio y me solidarizo con aquellas que todavía no lo hacen.

 
 
 

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